Me llamarán cursi y que porque demonios me he puesto a llorar al ver Daniel el Travieso la Pelicula. Les pediré que se ahorren sus palabras, pues las gastan en valde: ya me he llamado a mi mismo de esa manera.
Pero no pude evitar llorar cuando el señor Wilson ya harto de ser la victima de accidentes, peripecias, maromas y golpizas propiciadas por Daniel Mitchel, decide por fin vender su casa a como de lugar con tal de escapar de esa amenaza.
Inocente, triste, pero sin llorar se acerca a la barda del señor Wilson y solemne le dice: “No se vaya señor Wilson, usted es en verdad mi mejor amigo”. Para esto, las lagrimas que el cruel señor Wilson se guarda, ya las he yo derramado en el sofá y me hallo ya oculto en el baño para que mi madre que regreso de hacer las compras, no vea a su hijo el mayor chillando frente a la pantalla de la televisión, y como es costumbre, se burle de el con algún comentario irónico.
No comprendi bien porque esas palabras me hicieron llorar, ni porque tuvieron tanto impacto sobre mí. Y aquello fue lo que más me intrigo. ¿Qué ha movido esto en mi, para que una vulgar película dominguera, que ya he visto millones de veces en mi infancia, me produzca una nostalgia y un dolor y una alegría y tantas tantas emociones mezcladas juntas?
La respuesta:
Me hiso recordar a uno de mis primeros amigos. Pero también, me hiso recordar mi primer contacto con lo que significa realmente perder a una gran amistad.
Cuando aprendí a hablar, según mi madre a la edad de 2 años y medio o tres, mi familia gano un perico de profesión. No recuerdo muy bien esto, pero me han contado que era una criatura de menos de medio metro que platicaba con lo que aparentara tener vida. Perros, niños, señores, señoras, vecinos y vecinas. Además de tener intereses intelectuales poco comunes para niños tan babosamente jóvenes, como animales, ciencia, invenciones, maquinas, lugares del mundo, etc.
La primer persona con la que mantuve mis primeras conversaciones regulares fue curiosamente un viejito que vivia en la pequeña casa de al lado. El buen Don Toño. Aun confusamente lo recuerdo, con su gorra blanca, su camisa interior y sus lentes oscuros encaramado en la barda que dividia nuestras casas sonriedome y riendo con mis ocurrencias. Muchas cosas respecto a sobre de que platicábamos las he olvidado como es lógico. Su voz es un vago zumbido en mi memoria, y su ronca risa aun tiene un tenue eco en mis pensamientos, si es que no los confundo con algo mas. Pero lo que si recuerdo de el, es que por primera vez supe lo que era tener un amigo en aquel viejito bonachon de al lado.
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